James era mi mejor amigo. Lo éramos desde aquel día
en el que yo estaba solo en la guardería, porque no conocía a nadie, él se
acercó a mí y me dijo que si quería hacer figuritas de plastilina con él. Desde
ese día lo consideré mi mejor amigo, y él a mí, también. Siempre decía que
habían tres clases de amigos: los amigos, los buenos amigos y los mejores
amigos. Decía que los amigos eran los que conociste alguna vez pero que por la
circunstancias, ya no hablabais. Los buenos amigos eran los que te dejaban la
tarea de clase y los que si estas solo te hacen compañía. Y, por último,
estaban los mejores amigos, que eran los que no se querían separar nunca de ti,
a los que te une una muy fuerte amistad, los que si te ven riendo, ríen contigo
y los que si te ven tristes, te alegran el día, son los que no consideras un
amigo, sino un hermano. Decía que para mí era eso, un hermano. Un hermano que le falló aquel día. James decía
siempre que si en las fiestas no bebías, no te divertías. Yo le hacía caso.
Bebíamos muchísimo, siempre, en todas las fiestas, todos los fines de semana.
Hasta que llegó ese día. Salimos temprano a la fiesta de un amigo. Yo ese día
no me encontraba muy bien y decidí no beber. Has decidido no divertirte, me
dijo James. Él, por el contrario, decidió beber todo lo que pudo. Yo me sentí
muy mal, le avisé de que me iba y me dijo que en mi estado no podía conducir,
que él me llevaría. Yo, viendo cómo iba él, me negué, pero me dijo que estaba
bien y que él me llevaría. Con lo mal que estaba no podía ponerme a pelear, me
subí al coche y me dejé dormir. Me desperté con un fuerte golpe. Habíamos chocado
con un camión. James había muerto en el acto. Yo sólo tenía unas cuantas
heridas. No me lo creía. Era todo por mi culpa. Si no le hubiese dejado
conducir en ese estado. Es mi culpa, yo lo maté. Durante muchos meses, me
persiguieron pesadillas del accidente. Yo sólo me echaba la culpa, y las
pesadillas no hacían más que confirmármelo. Mis padres decidieron llevarme a un
psicólogo. Estuve en terapia durante más de dos años. No conseguían sacarme de
la cabeza que yo era el culpable. Hasta que un día, simplemente dejé de tener
pesadillas. Dormía bien, y los psicólogos me habían conseguido convencer de que
yo no era el culpable. No os equivoquéis, jamás he olvidado a James, ni lo que
durante toda su vida hizo por mí. Anteponía
mi vida a la suya, siempre intentaba que yo estuviera feliz, y si no lo estaba,
el hacía que me olvidara de todo. Me quería tanto, que murió por ayudarme. No
hay un día en el que no piense en él, desde que me levanto, hasta que me
acuesto. Nunca he tenido, después de James, un mejor amigo. Ni siquiera Chris
lo era, y eso que pasamos todo el tiempo juntos. Después de eso, no he vuelto a
beber. Jamás.
Después de intentar, de forma inútil, recordar lo
que me había pasado en la fiesta, me dejé dormir.
Me desperté cuando oí que mamá hablaba con alguien
en el salón. Reconocí su voz, era Chris. Mi madre le dijo que estaba arriba, en
mi habitación. Oí como subía por las escaleras hasta que se paró en mi puerta.
Tocó. Le abrí.
–Has vuelto a pensar en ese día, ¿verdad? –dijo él,
como si lo hubiera adivinado -.
–No hay un solo día que no lo haga. –dije -.
–Alex, sé que era tu mejor amigo, y aunque tú digas
que ya no te culpas por ese accidente, no lo creo. Te sigues culpando por ello,
¿verdad? –dijo él -. Sus palabras se clavaron en mí como puñales. Empezaron a
caer de mis ojos una o dos lágrimas.
–Perdón, no debí haber dicho eso, pero no quiero que
estés triste. Mira, yo no conocí a James, pero por lo que me has contado, sé
que era muy bueno contigo, por eso creo que él no quiere verte así. Estoy
seguro de que él, allá donde esté, no te culpa de lo que ocurrió. –dijo Chris
para intentar consolarme, y la verdad es que funcionó -.
Me sequé las lágrimas, le agradecí por consolarme y
lo abracé. Sé que él se sorprendió de que hiciera eso, hasta yo lo había hecho,
pero lo necesitaba, necesitaba abrasar a alguien para consolarme. Él lo
entendió y no se apartó hasta que yo lo hice. Le volví a dar las gracias.
Bajamos al comedor. Mi madre nos había sacado tarta y unos vasos de cola. Nos
lo comimos todo. La verdad es que yo tenía mucha hambre. Cuando terminamos,
decidimos ver la tele, ya que no teníamos nada que hacer. Cuando empezaba mi
programa favorito, Factor X, a Chris le sonó el teléfono. Como siempre, era uno
de sus amigos, que daba una fiesta. Lo miré. Le dijo al chico que estaba al
otro lado del teléfono que no iríamos. Le sonreí. De esa forma supo que le
estaba agradecido
-¿Por qué no te quedas esta noche en mi casa, Chris?
–le dije -.
–Deja ver que dice mi madre. –dijo él -. Sacó su
teléfono y la llamó.
–Dice que si a tu madre no le importa. –dijo -. Mi
madre y la suya son muy amigas.
–Claro que no le importa. –le dije -. Siguió
hablando con su madre.
–Dice que sí, que me deja. –dijo él -.
–Que bien. -. Le dije yo con alegría -.
Esa noche la pasamos muy bien. Estuvimos hasta las tres
de la madrugada jugando a la Play. A nuestro juego favorito. El GOW. Cuando ya nos
habíamos pasado medio juego, nos aburrimos y nos pusimos a hablar de nuestras
cosas.
–Oye, Chris, ¿todavía te gusta Sara? –le pregunté -.
–Sí, pero no me hace caso, pasa de mí –contestó él
-.
–Tío, pues pasa tú de ella, no vale la pena seguir
con eso si, probablemente, ni siquiera sepa que existas. –dije yo, muy
reflexivo -.
–Ya, tío, pero es que me gusta de verdad. –me replicó
él-.
-Cambiando de tema, ¿a ti no te gusta nadie? –me
preguntó -. Antes del accidente, estaba enamoradísimo de la hermana de James,
pero no he podido mirarla a la cara ni hablar con ella. Además, hace un año que
se fue a hacer su bachillerato a Manchester, ya que aquí, en Londres, no hacen
el que ella quería y tuvo que trasladarse.
–No, no me gusta nadie. –le dije.
–Anda pillín, que no me lo quieres decir… -me dijo
él.
Después de ese comentario, le lancé mi almohada. Me
lanzó el la suya y empezamos una guerra de almohadas. Acabamos agotados. Nos
tumbamos en la cama y nos dejamos dormir.
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